

Josu Lorenzo Grilli
Querido Paul:
Debo decirte dos cosas. Simplemente, sabes que te quiero. Eternamente, te deseo. Nuestro amor es imposible, lo sé, pero tu nobleza y mi baja belleza hacen que en esta carta mi tristeza emerge. Siento una extraña adicción a ti. A tu cuerpo,a tu deseo, a tu pesar. Por mas que lo pienso, eres como una droga, penetras en mi cama y me quitas la ropa. Sé que estás lejos, oigo tus respiros, pero al verte me ilumino y quiero estar contigo. Necesito excusa, amor que darte, necesito reunirme contigo. Si te dejan y permiten, quedar con esta pobre campesina, mas te espero en el parque a la medianoche. Si tu nobleza baja en picado y mi estruendosa cara acepta un milagro, algunas vez estaremos juntos, pero si no, no hay destino conjunto.
Besos, de una dama enamorada
Javier Ruiz Conesa
Dicen que San Valentín es la fecha ideal para hacer regalos: peluches, rosas, gigantes tarjetas con brillantes letreros... Sin embargo, mi regalo es otro; yo te regalo mi sinceridad. Tal vez te resulte ridículo, quizá violento. No sé, pero estoy seguro de que debo hacerlo, por mí, por ti, por los dos... Porque eres mi adicción: soy adicto a tus ojos, a tus besos, a tu perfume, tus sonrisas, tus contoneos, tus graciosas frases... Soy adicto a ti. Eres tu quién me hace sonreir en los peores momentos, pero también quién me hace llorar la mayoría del tiempo. Te quiero. Y también te necesito, porque no consigo imaginar un minuto sin ti a mi lado, porque vives en cada rincón de mi desordenada mente, y porque te adueñaste de mi corazón sin pedir permiso. Te quiero por eso y por muchas más razones.
Porque por ti sería capaz de contar cada gota del mar, de apagar las llamas del infierno e incendiar el paraíso celestial... Sería capaz de eso y de mucho más.
Pero sé que tú no sientes lo mismo, y no sé qué más hacer para solucionar esto. Quizá sea un cobarde, quizá no tenga el valor suficiente para afrontar la realidad, o quizá no pueda aguantar ni un minuto más este amor no correspondido.
Lo único que tengo claro es que me voy, y no hay nada que me pueda hacer cambiar de opinión. Me voy dónde tú no me encuentres, dónde pueda disfrutar de los placeres del olvido, dónde se puedan apagar los sentimientos que circulan por mi sangre y dónde no pueda sentirte de nuevo. Para no encontrarte nunca más, para no volver a cometer el error de enamorarme, para no volver a llorar y para no ser recordado como el hombre que amó sin ser amado; porque ahora la muerte es mi mejor compañera y el olvido mi mejor aliado.
Noelia Parra
No sé cómo empezar esta carta, mi despedida definitiva de nuestra vida juntos.
¡Dime las palabras que deben se escritas pues no se si seré capaz de hallarlas!
Creo que las tragué todas digiriéndolas para no pronunciarlas nunca.
Pero las siento inquietas, revoloteando en mi interior, pudriéndose por dentro, haciéndome un agujero, cada vez más difícil de taponar.
Y llegará ese funesto día, y la roja inundación lo anegará todo, borrando en un instante, con su huella de sangre, todos aquellos momentos que nunca deberían haberse perdido.
Pero lo hicieron.
Ente el silencio de dos que no se hablan.
De dos que no se miran.
De dos que se refugian en la rutina.
De dos que huyen del otro, cayendo en la trampa de los días grises.
¿Dónde quedo esa primera mirada que nos hechizo?
Cuando me perdía en tus ojos convertidos en mi adicción, mi dosis diaria necesaria para respirar.
Necesitándote en la ausencia.
Y aquella piel nuestra que comenzaba a gritar en la caricia voraz.
Y nuestros cuerpos precipitándose en el ansia y gastándolo todo con prisa desmedida.
Y obviamos nuestro amor con fecha de caducidad.
Creímos en el “para siempre”.
Confiamos en el poder que reside en esas palabra.
Y nos atrapó la costumbre.
Ya no me perdía en tú mirada.
No ardía tú voz en mis oídos.
Ya no despierto amaneceres en tus brazos.
Sólo medianoches vacías, compartiendo mi cama con un extraño.
No permitiré que mis días acaben en el pozo de tus ojos.
No me reflejaré en esas turbias aguas que un día fueran cristalinas transparencias donde me bañé.
No sonreiré desdentada en la cómoda silla de nuestra vejez instalada en los huesos.
Me pesan demasiados los años.
Siento una gran losa sobre mis hombros,
Los siento encorvarse.
Y agacho la cabeza sumisa, lamiendo tus pasos.
Estoy demasiado cansada.
Pero si tú no dices nada, yo lo gritaré.
Si tú no haces nada, yo derribaré con mis puños el muro que creaste entre los dos.
No digas ya nada. Yo lo escribiré aunque me sangren los dedos.
Te chillaré… ¡ÁDIOS!
Por que sé que aún puedo ser libre.
Que mi piel puede ser recorrida por otros labios.
Que mis manos pueden explorar otros cuerpos.
¡Adiós prisión de mis días! ¡Adiós carcelero! ¡Adiós a mi condena impuesta en las renuncias, en los sacrificios que creímos cometer en nombre del amor!
¿Amor? Hermosa palabra que sucumbió ente las paredes de nuestra casa.
No negaré que aún, una llama se agita, débil, triste, tenue, casi imperceptible en mi interior cuando aún te nombro.
Admito su orgullo ante el fracaso, pero no cederé en mi deseo.
Ya es demasiado tarde.
Todo está perdido.
¡Adiós!
Eva Belén García López
Querido J:
Sabías que este momento llegaría. Sabías que escribiría esta carta para ti.
Siempre hay un final... y esta es mi despedida.
¿Por qué es tan difícil encontrar las palabras? Quizá ayude comenzar por el principio... ¿Recuerdas la primera vez que me dijiste "te quiero"? El reloj marcaba las doce. "Medianoche", pensé. Tú hablándome de amor y yo rezando para no perder un zapatito y para que mi vestido no se convirtiera en harapos. Nunca me gustó ese cuento, eso ya lo sabes.
También sabías entonces que yo no creía en el amor. Tú dijiste que creerías por los dos, lo arriesgaste todo por nada y por eso te admiraba, te adoraba, te necesitaba, te buscaba; incluso dije que te quería y a lo mejor llegué a pensar que de verdad lo hacía... "Adicción", sí, esa es la palabra. Era "adicta" a ti. Pero es ahora cuando lo entiendo, las cosas siguen igual, YO no he cambiado, TÚ no has conseguido cambiarme. Sigo sin creer.
Todo lo que queda por decir es: "adiós". Si me voy ahora, todavía puedes encontrar a una persona que ilumine tu vida como yo nunca seré capaz de hacerlo.
E.M.
Raquel Piqueras Herrero
Hola mi amor,
Creo con bastante certeza que ésta será la última carta que te escribo. Y créeme cuando te digo, que con cada letra que plasmo en el papel se va entre la tinta una parte de mí. ¿Por qué es todo tan injusto? Me prometiste que no habría más lágrimas, ni más aviones, ni más kilómetros. Y dime, ¿Qué otra elección los quedaba? No me odies por creerme cobarde, pero mi corazón se desbocaba con cada avión que rallaba el cielo, con cada beso que se escapaba entre los labios de la muchedumbre, con el olor a limón que tiznaba las calles de Sorrento y de vez en cuando acudía a mí antes de dormir para burlarse.
Nuestra historia no tenía un final feliz, no podía tenerlo. ¿Recuerdas cómo los segundos se escapaban, sigilosos e incesantes entre nuestras lágrimas? Cada vez que llegaba allí, a tu país, un cúmulo de sensaciones recorrían mi cuerpo, y me sentía realmente feliz, como nunca antes lo había estado. ¿Por qué esa felicidad era tan fugaz, tan injusta? Cinco días a tu lado, costaban meses, lágrimas y soledad; me cobraban con creces el viaje. ¿Valía la pena? No, seguro que no, pero no puedo entender por qué entonces estoy llorando ahora. Me vienen en mente tantas cosas…
Tú, el chico que apareció una fría noche de diciembre en la pantalla de mi ordenador. Recorrías mi cuerpo con palabras y me prometías tiempos mejores. Pasaban los días y curabas mis pequeñas heridas de guerra, y poco a poco íbamos enamorándonos, descubriendo algo nuevo que surgía. Aquella época fue realmente maravillosa, ¿Verdad? Estábamos realmente ilusionados, siempre soñando con llegar a vernos algún día… Aquel 14 de junio fue increíble. Todo lo que hiciste por verme, aquella gran locura a contrarreloj, no creo que la vuelva a repetir nunca nadie más por mí; todos aquellos kilómetros, las horas de tren, las mentiras para poder llegar tan alto en el mapa… ¿Volverías a hacerlo ahora? Supongo que sí, y me odio por suponerlo con tanta certeza. Porque yo no lo estoy haciendo.
Desde que piqué hasta que la puerta del hotel se abrió, pasó mi vida ante mis ojos. ¿Qué hacía yo allí, después de todo? En sólo seis meses no se pueden amar palabras que surgen de una pantalla, ¿No? Era irónico pensar que tras la puerta tú estabas pensando lo mismo, maldiciendo tu locura. Me imagino que el repiqueteo de mis nudillos te hizo saltar de la cama y plantearte mucho cómo abrir esa etapa de tu vida. Cuando lo hiciste, ocurrió algo extraño; me costó mucho asimilar que todas aquellas palabras fueras tú, que estuvieras allí. Creo que no estaba preparada emocionalmente para aceptarlo. Te abracé, y me abrazaste, y el resto fue muy rápido, tanto que lo recuerdo a trozos. Me temblaban las manos, te miraba a los ojos, resonaba tu voz, me besabas. A veces me enfado conmigo misma por no recordar exactamente como fue nuestro primer beso, qué sentí, qué ocurrió. Creo que no lo recuerdo porque no le di importancia, porque era como si ya nos hubiéramos besado mil veces antes, y mil veces antes hubiera sentido aquel sabor en mis labios. Recuerdo que mientras nos besábamos, sonreíamos e incluso a veces nos reíamos. Porque estábamos juntos y ya nada importaba, todo cobró sentido, y la incertidumbre de aquellos meses desapareció.
Aún tengo tu beso en mis labios, no lo olvido. Ya estoy empezando a echarlo de menos. No sé si estoy haciendo lo correcto, pero creo que sí lo más racional. Dejaremos de sufrir por toda esta situación, encontraremos otras personas más cercanas que nos harán felices… ¿Verdad? Con la que compartir tantos momentos como los que nosotros dos hemos vivido; los paseos por la playa de noche, las cenas entre risas, las fotos en medio de la muchedumbre turística, aquellos acordes de guitarra desafinados, cuando dormíamos abrazados y me despertabas con tus besos…
No sé por qué no podrías estar aquí, conmigo. Todo sería más fácil, porque yo te quiero a ti y sé que ningún otro puede reemplazarte. Porque tú has sido el primero y no voy a volver a sentir todo con tanta intensidad como todas aquellas primera veces contigo. Te quiero, pero no puedo seguir con esto. Odio despedirme tras la ventanilla del cristal. Odio los aeropuertos. Los pasaportes, las maletas, lo odio todo. Merecemos algo más que esto, merecemos compañía, y llámame egoísta, pero la necesito de verdad, necesito un día a día más allá de una pantalla. Se me hace un nudo en el estómago al pensar cómo te sentirás cuando leas esta carta. Créeme, yo me siento igual, porque en el fondo no es esto lo que quiero, te quiero a ti.
Espero que puedas llegar a entenderlo… tú también mereces algo mejor, porque, de verdad, eres la mejor persona que conozco…
Te amo.